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Irradiando belleza

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Abrir tu mente a nuevas experiencias. Conocer a gente nueva, liberarte de prejuicios y hacer frente a las debilidades. Arriesgarse.
Pequeños regalos que me llevo de tres meses redondos aprovechados al máximo este verano.
No voy a dar mi testimonio porque sería un poco pesado pero me gustaría compartir unas palabras sobre la alegría que siente tras haber vivido un montón de experiencias, diferentes todas ellas entre sí, pero con gran valor de conjunto para mí. Sobre todo a modo de energía personal para comenzar un nuevo año universitario que promete lleno de sorpresas y algún que otro bache a superar.
Tras regresar de un mes en Nicaragua en un proyecto de voluntariado social, la luz, la vida, la alegría de haber dedicado parte de tu tiempo a las personas más pobres, resplandece en la cara, también marcada por el sol y la fatiga.
Y es que, todo aquello que te traes de experiencias como esta, es muy superior a todo lo que intentas llevar a las personas a las que vas a ayudar. Llegas más entera, más única, más tú.
Aunque no es necesario cruzar el Atlántico para echar una mano ni realizar grandes proyectos. El voluntariado no acaba cuando cogemos el avión de vuelta a nuestro hogar.
Más bien es el inicio de un nuevo modo de vida, de un nuevo enfoque que no solo afectará a nuestra vida interior y nuestro modo de entender la realidad, sino que será apreciable desde el exterior.
En nuestros movimientos, en nuestro rostro, en nuestra sonrisa, en nuestro caminar.
Yo doy gracias, por todo esto y mil cosas más.
Por la gente que me ha apoyado y que me ha permitido cumplir un sueño, ayudándome a mi a crecer.
Porque hoy, soy un poquito más grande, soy un poquito mejor.

L. Ruiz ( mi experiencia nicaragüense)

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